
“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.” Jn 1:11–12.
La Navidad: Entre el Destello del Mundo y el Silencio del Pesebre
En la efervescencia de la Navidad se desata una energía descomunal: las decoraciones destellan por doquier y el comercio corre a toda marcha. Sin embargo, bajo esa oleada de festejos, muchos terminan vacíos, porque el verdadero Invitado de honor se ha quedado fuera de sus fiestas.
Este es el eco de la primera Navidad, un eco que ha reverberado por siglos: el del Verbo que se hizo carne y fue rechazado por las criaturas que Él mismo diseñó.
El Verbo relegado a la Indiferencia
El Creador desembarcó en Su propia obra maestra, pero el lienzo se negó a reconocer al Pincel. No fue una falla de reconocimiento en el sentido cognitivo. Así como los recién nacidos reconocen instintivamente a sus madres, la humanidad tenía la capacidad de reconocer a su Creador. La falta de recepción fue una traición relacional, un divorcio intencional.
El concepto de “conocimiento” en la Biblia no es un archivo de datos saturando neuronas, sino la pulsación de una intimidad relacional. De la misma manera que José y María se mantuvieron ajenos a la plenitud matrimonial hasta el parto, el mundo eligió permanecer extraño a la gloria de su Señor de forma permanente.
¿Por Qué el Rechazo?
La ironía es impactante. Cristo no vino a juzgar al mundo, sino a salvarlo. “De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito…”. Sin embargo, incluso esta increíble abertura de amor fue recibida con indiferencia.
Esto debe alarmarnos, pero no extrañarnos, pues antes de que Cristo entrara en el mundo, la humanidad ya había rechazado al Padre. La epístola a los Romanos nos recuerda que, a pesar de que el poder eterno de Dios y su naturaleza divina han sido claramente conocidos desde la creación, los hombres no respondieron glorificando a Dios, sino creando su propia versión de la religión.
El rechazo de Cristo fue la continuación de ese rechazo. Recordemos que el apóstol Juan aclaró que a Dios nadie le ha visto jamás, y que el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien le ha dado a conocer. El Verbo encarnado es la vitrina del Padre, y por eso rechazaron a Jesús, pues anteriormente ya habían rechazado al Padre, tanto gentiles como judíos.
Jesús Confundido con “Santa Claus”
Aquí es donde la historia toma un giro interesante. El rechazo no significó la ausencia de celebración. Durante su ministerio, Jesús fue popular por momentos. Las multitudes querían tomarlo por la fuerza y hacerlo rey. Más tarde, lo recibieron en Jerusalén con ramas de palma, gritando: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”
Hoy, la multitud hace lo mismo. Confunde a Jesús con un “Santa Claus” espiritual. Lo buscan por los panes y los peces —el regalo milagroso— pero no para que Su cetro transforme sus corazones. Es una celebración vacía: quieren los beneficios del Rey sin rendirse a Su corona. Pero la Navidad auténtica no ocurre bajo las ramas de un abeto adornado, sino en el pesebre del corazón.
Lo que la Navidad Realmente Ofrece
La diferencia entre una Navidad de Santa Claus y la Navidad de Cristo es esta: con Santa obtenemos lo que queremos; con Cristo obtenemos lo que necesitamos.
Y obtenemos satisfechas las más críticas de nuestras necesidades. Cristo se presentó como la Luz del mundo, el Pan de vida, el Agua viva, el Camino, la Verdad, la Vida y la Resurrección. Cada título corresponde al diagnóstico de Dios sobre nuestra condición.
Sin Él, estamos ciegos; perpetuamente insatisfechos; espiritualmente sedientos; perdidos; atrapados en el engaño; simplemente existiendo en lugar de vivir verdaderamente; y, finalmente, derrotados por la muerte.
¿Puedes pensar en mejores regalos que estos?
La Luz que Disipa las Penumbras
El mundo no puede brillar mientras los hombres sigan en tinieblas. La encarnación tuvo un fin sublime: que el Verbo participara de la naturaleza humana para que nosotros participáramos de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4). Esta es la auténtica salvación: cuando Cristo deja de ser un adorno del árbol para convertirse en el centro de tu mesa y el Salvador de tu alma.
“La luz del mundo vino a disipar las tinieblas del corazón humano, pues solo así se logran desvanecer las penumbras del mundo”
Esta Navidad, no dejes que Cristo termine siendo solo otra decoración en tu árbol. Hazlo la pieza central de tu corazón. Ahí es cuando celebrarás la verdadera Navidad, no solo cada Diciembre, sino los 365 días del año.
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